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lunes, 7 de agosto de 2017

Un cartel, una tipografía y más de lo mismo.

Hace unos pocos meses veía en las redes sociales, una publicidad de una función de zarzuela que yo había dirigido un par de años antes, y que seguía teniendo alguna actividad ya sin mi participación. Al principio sentí cierta contrariedad y decepción para con los responsables de la producción, ya que ésta conservaba la misma presentación, estética, vestuario, incluso fuente tipográfica en el cartel, que cuando yo fui el responsable de la dirección escénica, y que fue, en gran parte, trabajo mío; y me hubiera gustado que, al menos, me hubiesen comentado que iban a utilizar todos elementos que hicimos, cuando menos, en equipo.
Sin embargo poco duró mi disgusto. Al fin y al cabo tampoco es que yo hubiese descubierto ningún recurso teatral arcano, o que inventase ninguna fórmula de hacer género lírico, y los productores de la función, en este caso amigos, lo único que están haciendo es arañar algún bolo o mini temporada en este raquítico y casi extinto negocio que es la Zarzuela.

Pero esto me dio lugar a una reflexión, algo muy habitual por mi parte con los compañeros y aficionados en general, de porqué la zarzuela está como está. Mal, se sobreentiende. Y es que ya lo hemos comentado hasta la saciedad, son muchos los problemas que sufre el Género Lírico Español; históricos, económicos, estilísticos o sociales, y la respuesta que más veo, en general, entre los problemas y el poco público que queda de las casi desaparecidas compañías de repertorio, es la constante queja de la falta de ayuda por parte de las distintas administraciones para el mantenimiento y difusión de nuestro género musical. Y es cierto, no se puede negar, pero echo de menos una auto crítica sincera y certera de la parte que nos compete a los profesionales, de cómo se ha tratado la zarzuela, especialmente a nivel escénico, los últimos veinticinco años.

Sé que siempre incido en este aspecto, que incluso puedo parecer pesado, pero lo veo así compañeros; la zarzuela no pasa este momento de que quasi extinción sólo por haber perdido el favor o interés de las administraciones; también hemos colaborado activamente a ello, creando una "forma de hacer" zarzuela, completamente ajena a las corrientes teatrales que han influido en los demás géneros, en la ópera, la comedia o el musical; teniendo como casi único referente dramático la nostalgia de las fórmulas que eran actuales en el momento de estreno de cada título; haciendo de estas carencias una especie de "sancta sanctorum" imposible de modificar; incluso en el plano musical, disminuyendo las orquestas hasta un número de músicos impensable para una correcta interpretación de la partitura que ideó el autor.

Disculpad que insista, la esencia de la zarzuela no está en la chaqueta de chulapo o en el traje típico segoviano; esa constante “fiesta de luz, alegría y color” que se supone que es el vestuario de una función lírica. Tampoco en los decorados de papel envarillado, sustituidos por las proyecciones estáticas (otra “novedad” que después de treinta años de ejecución se ha vuelto un cliché). Tampoco en la impasividad del “cantante de turno” a la hora de dar verosimilitud a su personaje, o en la imposibilidad del “actor cómico” de cantar con cierto rigor la parte musical del suyo. Por no hablar de las audaces coreografías de Portillo o Lorca que han pasado medio siglo de una pareja cómica a otra, sin perder un ápice de modernidad -modo irónico off-. Carencias tan arraigadas, tan “zarzueleras”, que se ha dado el caso en alguna ocasión de llevarlo a cabo de forma escrupulosa según la partitura, en el caso musical, o, por ejemplo, en la época en que sucede la acción, en el caso escénico, y el público más “vetusto y purista” (ese gran enemigo) y algún que otro profesional se han sorprendido por la “boutade”. Sirva como ejemplo, un función de La Tabernera del Puerto en la que algunos se extrañaban de que Marola, la protagonista femenina, no vistiera corpiño y blusa con mangas de farol cual Vaquera-de-la-Finojosa, que como todo el mundo sabe, es como lucían las camareras en abril de 1936, fecha en la que se estrena la obra y está situada la acción.

Todo esto sucede, y demasiado. Bueno, sucedía, porque ahora las funciones que se pueden disfrutar por compañías privadas, son más que escasas. Pero pensad, por favor, que toda esta desidia y forma de hacer (de deshacer) ha ayudado y fomentado el desinterés de los gobiernos, tanto de izquierdas como de derechas, por ayudar o mantener unas compañías que estaban destrozando el género desde dentro.

Sé que me diréis que todos estos despropósitos ocurren porque no hay medios suficientes para llevar a cabo una representación con un mínimo de condiciones adecuadas. Ya, eso es obvio, pero lo interesante sería preguntarse cómo hemos llegado al punto en el que consideramos que se puede y se debe hacer Zarzuela con menos condiciones de las adecuadas.

Y esto venía a cuento porque hace unos días vi un cartel de zarzuela, con una idea, un formato y una tipografía que había ayudado a diseñar. Pero es curioso, que hasta eso suele ser bastante feo; no tenemos diseños propios, no presentamos carteles atractivos al público que puedan sugerir que lo que van a ver es teatral y escénicamente estupendo. Hay compañías ofreciendo espectáculos de Antología de la Zarzuela con el logo y la estética que creó José Tamayo ¡hace cuarenta años! -sin ser, por supuesto, ni sombra de aquel espectáculo-. Las fotos de los carteles suelen ser manidos motivos, casi siempre ya utilizados en las portadas de los discos que grabó Ataulfo Argenta en los años cincuenta… Otro ejemplo esclarecedor a este respecto: en un importante teatro de norte de España, de los que todavía dan cabida al género lírico en su temporada teatral, y que suele llevarlo a cabo, aunque pocos días, con cierta prestancia, todas las productoras teatrales presentan sus funciones, ya sea comedia o musical con su cartel, su logo, su tipografía, etc. excepto las compañía lírica, ¡cómo no!, que deja que se lo diseñen. De verdad, no sé si esto es falta de medios o de ideas.

Esa es nuestra creatividad. Esa es (se supone) nuestra industria. Y lo peor no es que hayamos perdido el favor de un ministerio o un ayuntamiento; lo peor es que la taquilla ya no sostiene un espectáculo lírico. El público ya no está interesado por ese ejercicio de arqueología nostálgica que sólo lo que conocemos el género de una forma profunda, sabemos qué podría dar de sí. Pero el público no cuenta con esa información.

Ahora sí, prometo no repetirme y no ser tan pesado con este tema.

Mentira, seguro que volveré.