Bienvenidos

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sábado, 26 de noviembre de 2016

Doble sesión continua. (Memoria de árboles II)

Allí estábamos los tres, apenas muchachos,
adolescentes,
con nuestros quince años recién coronados,
comenzando la vida y, sin saberlo, en su mejor momento.
Reyes del mundo, sin apenar saberlo, inmortales
ante esa pantalla blanca que nos prometía un viaje
inalcanzable y magnífico.
Desplegando las alas de nuestra inocencia,
que no se disiparía muy tarde...

Pero allí estábamos los tres, jóvenes,
tan jóvenes,
desgranando la liturgia de la espera interminable,
impacientes de misterio, fantasía, futuro o pesadillas.
Mientras abandonábamos la niñez a regañadientes,
negándonos a dejar atrás las imágenes que nos unían
de mitos convertidos en juguetes.

Hoy desperté recordando aquellas tardes
de doble sesión continua
en el Florida, el Salaberry, el España, el Vistalegre.
los cines que poblaban nuestro barrio.
¿Recordáis el Coímbra
y aquella sesión de nuestra saga inolvidable...?
¿O aquella noche del maratón de terror
que pasamos entre risas en el Los Ángeles?

Se me escapan los recuerdos como gotas inabarcables,
parece que pasó apenas un intermedio,
una pausa necesaria entre los dos pases,
y ha sido toda una vida, aunque parece muy corta.
Mirad cómo ha cambiado nuestra ciudad,
cómo quedan atrás más árboles,
más juegos, más bromas y más disfraces.

Pero nunca me olvidaré de los tres, siempre,
casi siempre,
con la vista puesta en el centro de la tierra,
en una estación polar, en Béspin, en un laboratorio secreto,
en Troya, en los aviones, en las naves, en el oeste...

Cualquier tarde de sábado
bajando por General Ricardos camino de la alegría, exultantes,
presumiendo de haber ganado al Risk,
de esa nueva compañera de clase,
de aprobar, de suspender,
de nuestros primeros discos,
de nuestros primeros y torpes amores.
De quién sabía lo que iba a pasar al final de la peli de hoy.
Y de qué lejos,
lejos de nuestra galaxia, estaba el lunes.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Escuela de idiomas

Ese acento está fuera de lugar,
esa palabra llana no merecía 
la atención que le prestaba.
Ese adjetivo era superfluo; 
sólo ocupaba espacio
y no añadía información.

El calendario mentía con reincidencia, 
¿o era el espejo?
Uno de los dos seguro, quizá ambos.

La memoria se saturaba,
repleta de valiosos datos inútiles.
Todos tus nombres,
tus direcciones y tus epitafios.
Y ya no sabía cómo depurarla.

Esa maldita guitarra sonando, 
empecinada y cristalina,
en un preferente segundo plano
mientras yo buscaba desesperado
un nuevo lenguaje, 
quizá el mío usado con más propiedad,
o una nueva forma 
de contar la misma historia.