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lunes, 18 de abril de 2016

La belleza

"¡Ay! Aurora, yo te quiero..." dice Germán, en La del Soto del Parral, con apenas tres notas, cuánto sentimiento en la voz del barítono, cuánta pasión y cuánta belleza. La Belleza, que aparece cuando menos lo esperas, con ese nudo en la garganta que apenas te deja ver otra cosa, y te lleva tan rápido al llanto como a los recuerdos.  Ayer, en el concierto homenaje a Miguel Roa que se celebró en el Teatro de la Zarzuela, y al que tuve la inmensa suerte de ser convocado para participar, con un elenco de compañeros que me empequeñecían de orgullo, compartiendo el escenario con sus enormes talentos, con sus voces espectaculares. CANTANTES, así, con mayúsculas, junto a los que intenté poner mi granito de pimienta, y no desmerecer la ocasión de estar junto a ellos.
Nos reuníamos para cantar, evocando la imagen de Miguel, el Maestro Roa, al que todos conocíamos, y con el que habíamos trabajado, y al que muchos, yo incluido, debíamos el estar sobre ese escenario. Yo ya había coincidido con Miguel, cuando dirigía la orquesta en la Compañía Ases Líricos, de Evelio Esteve, en la que fui corista de 1983 a 1987. Aunque él siempre contaba la anécdota de que, al visitar a mi madre en el sanatorio, cuando yo nací, al cogerme en brazos le hice pis encima. Pero seguramente mi caso empieza en 1989, cuando conocí a Emilio Sagi, que buscaba elenco para su próximo proyecto, La del Manojo de Rosas. Me ofrecieron audicionar para el personaje Capó, el tenor cómico, y así lo hice, cantando el dueto cómico "Chinochilla de mi charniqué", con Paloma Curros, que terminó siendo Clarita, mi partenaire. Aquella producción se hizo realidad gracias a los talentos combinados de Miguel Roa, Emilio Sagi y Goyo Montero, que se encargó de la coreografía, y a los que estaré siempre agradecido.
Después de aquel "Manojo" vinieron más títulos, y casi siempre Miguel a la batuta, era de alguna forma responsable o cómplice de que yo estuviera allí. Cómo olvidar, por ejemplo, aquella grabación de Doña Francisquita, con Plácido Domingo como Fernando, y yo como Cardona, la aventura con El Rey que Rabió en el Arriaga de Bilbao,  o la recuperación de La Mala Sombra, bajo la dirección escénica de Francisco Nieva.
Ayer celebramos su tesón profesional, su amor por la Zarzuela. Porque con él se va el ultimo director dedicado plenamente al Género Lírico Español. Vendrán otros a este teatro, tan buenos o incluso mejores, pero dudo que ninguno lo haga con la disposición de entregar todo su esfuerzo profesional y vital a este género, que en este momento crítico que sufre, anoche parecía pletórico por un momento, brillante e insuperable.
No podía expresarse mejor que como lo dijo ayer Jesús Castejón, emocionado; sus veinticinco años al frente del Teatro de la Zarzuela dejan un hueco grandísimo, difícil no sólo ya de llenar, si no de atisbar.
¡Qué hacer anoche que no fuera cantar!... somos cantantes. Aunque la emoción nos sacudía y debíamos decir aquello de "Canta y no llores" de la habanera de Don Gil de Alcalá, con la que terminamos el recital, no pudimos evitarlo y lloramos. Yo, no sólo por la emoción de despedirte en el teatro que tanto quiero, y que tú también amabas, sino porque, más allá de la frase de Germán que os citaba al principio, anoche rozamos la belleza, por un instante, la luz del teatro fue poesía. Y eso para un chico de Carabanchel, no es poca cosa.
Si, ya lo sé, Miguel; estamos todos despedidos.

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